miércoles, 3 de octubre de 2007

TRES MUJERES PARA EL CANDOMBE

Fermina no entra con buen pie a este mundo. Su padre muere poco antes de su nacimiento y su madre cuando ella tenía apenas dos años. “Así que ya venía yo con mi cruz”; una cruz que habrá de cargar por largo tiempo. Huérfana, negra, chiquita a la deriva, lleva todas las de perder y, efectivamente, sigue perdiendo. La familia que la recoge no se compadece de su situación (“me pegaban mucho, de eso no me olvido”), de suerte que el cambio de escenario (de Paso de los Novillos a Montevideo) no mejora demasiado las cosas. Y como ella es rebelde, la convivencia ingresa en círculos viciosos que conducen a sucesivas mudanzas. A la edad escolar sus días transcurren bajo el control de las maestras y hermanas de la Congregación del Perpetuo Socorro, a los 15 años es alojada en el Colegio de las Hermanas Vicentinas y, entre los 19 y los 21, los pasa en el Colegio Buen Pastor. Alcanzada al fin la mayoría de edad, es el momento de alejarse definitivamente de los internados para integrarse a ese mundo que ella siempre había balconeado con apetencia y, a la vez, con recelo. “¡Criada en lo conventos, solamente!”, ahora “¡tenía terror!”. La cara que hasta ese momento le había mostrado la vida no era muy agradable y era lógico, por tanto, que creyera ver fantasmas, más allá del umbral que se aprestaba a trasponer. Un destino inmediato de mucama en casa burguesa le aguardaba. Tras el asilo, la servidumbre.

Rosa Amelia tampoco tuvo padre, aunque por distinta razón (no asumió él su responsabilidad); tuvo, en cambio, familia numerosa: madre y montones de hermanos. Un entorno que bien pudo haber oficiado de contrapeso, ante la grave omisión paterna y que, en los hechos, funcionó como proveedor de mayor desdicha: “mientras yo crecía, mi madre enterraba a mis hermanitos que se morían desnutridos. Tenía quince hijos y sólo nos salvamos ocho”. La pobreza, las enfermedades, la muerte, el dolor lacerante por las pérdidas continuas...Duro de roer ese pan de cada día...Pero había que seguir y siempre condicionada por penosas circunstancias. “Tenía que haber ido a la escuela, pero andaba fregando pisos y limpiando la mugre de otros. Salía de una casa y entraba en otra. Las casas eran distintas pero los patrones eran todos iguales. Los tipos te manoseaban, las patronas te exprimían”. Ni siquiera la posibilidad de abandonar ese trabajo humillante para retomar la escuela, se ofrecía como tentadora. Su fugaz experiencia escolar también le había reportado sinsabores: “la madre de mi compañerita de banco se quejaba a la maestra porque su hija tenía que sentarse al lado de una negra”. Tenía madre, no padecía el clima opresor de los conventos, pero los años infantiles y adolescentes se le iban de las manos a esta “negra Rosita” sin que le fuera mucho mejor que a la negra Fermina.

La metamorfosis



Siempre se le atribuyó al carnaval un poder mágico de transfiguración de las personas: la doméstica se vuelve dama, el mujeriego, cura, el lustrabotas, potentado. Hay casos, incluso, en los que el carnaval opera profundos cambios, y ya no solamente por efecto de un disfraz y con alcance pasajero.

Fermina y Rosa Amelia, aquellas dos negritas cascoteadas, pueden dar fe de ello. El contacto de ambas con el mundo carnavalero (tardío en la primera, precoz en la segunda) marcará un hito en sus existencias. Las dos sirvientitas destratadas por los patrones cobraron forma de vedettes aclamadas por las multitudes. Y no fue fantasía, milagro de una noche que el sol hace trizas. No hubo, por fortuna, doce campanadas que las retrotrayeran a sus épocas de cenicientas. Desde que comenzaron a desfilar con séquito de tamborileros, desde que desplegaron sus danzas sobre los tablados de todos los barrios, sus destinos tuvieron un vuelco radical y definitivo. El cambio de nombres no fue más que la expresión simbólica de la transmutación. Se consumó un nuevo bautismo (la negra Fermina pasó a llamarse Martha y la negra Rosita sólo Rosa) porque ellas se habían constituido como personajes de una obra sustancialmente distinta a la que hasta entonces habían venido representando. ¿O eran emparentables, acaso, la cofia y el delantal de otrora con esas esplendentes vestimentas, ornamentadas con plumas de faisanes asiáticos y de avestruces africanas? Nada tenían que ver, sin duda, los vejámenes que habían padecido en privado, con los vivas y los aplausos que cada febrero les tributaba el público. Si las Llamadas y el candombe ganaban y mucho, al complementarse con ese par de bailarinas cimbreantes, sensuales, exuberantes, a la inversa ocurría otro tanto. Martha Gularte se llevará el mérito, además, de ser la primera de las uruguayas en encabezar con brillo una comparsa y Rosa Luna de hacerlo, pero no distanciada, sino pegadita a los tambores.

Cualquiera de ellas, primerísima, insustituible figura en la corte del Momo candombero.

Un candombe para las tres

Ellas fueron las reinas, las diosas, los cuerpos voluptuosos, el momento danzante del candombe, porque ese ritmo esperaba de ese baile. Aunque éste no lo colmase...¡Carecía aun del exacto acople vocal!

Para cubrir tal ausencia fue que nació Lida Melba Benavídez, cinco años después que Martha, trece años antes que Rosa. Ya pronto se fue arrimando hacia el sitio de su predestinación. A los cinco años el Durazno natal ya había sido suplido por

la calle Durazno, en pleno corazón del barrio Sur, de modo que de pequeñita fuera acompasando su garganta al repiqueteo que se colaba por puertas y ventanas. Es cierto que primero integró una “Cruzada Gaucha”, que ganó luego un concurso de tangos, que cantó música melódica a capella; pero no fueron más que rodeos incapaces de apartarla de lo inevitable: su fusión con el candombe. “El candombe llegó muchos años después, cuando comencé a salir en carnaval”. Llegó y se quedó, dado que otra cosa no podía sucederle a esa voz que brotaba (son palabras de Osvaldo Pugliese) “desde el corazón del tambor”. No había lugar a dos opiniones: su canto se revelaba tan consustancial al candombe como el de Mercedes Sosa al folclore y el de Gardel al tango. A ese son oscuro que surge como clamor de libertad de los ancestros, su voz desgarrada y aguardentosa le cayó como anillo al dedo. Hab

ía desconsuelo y rabia e impotencia en ese lamento que se alzaba, nocturno y lunar. Tal vez porque en un pasado hubo “mama” lavandera bordeando la miseria y pasaje diario por orfelinato y racismo aberrante dejando su huella: “la gente que discrimina no imagina el dolor que causa, no imagina lo que uno llora a solas”. Y fue necesario entonces adecuar el nombre identificatorio. Tantos ríos de lágrimas sólo podían ser vertidos por Lágrima Ríos.

Otra mujer rebautizada, reconvertida, por efecto de la magia del candombe y del carnaval.


Y ya eran tres...Cada quien con su vía crucis, sobreponiéndose, imponiéndose, triunfadoras a pesar de...Aquéllas dos desafiantes, provocadoras, turbulentas; ésta una, recatada, siempre fiel a sí misma, “dama del candombe”, señora de la vida. Bien hizo el autor de una letra dedicada a Lágrima (Juan Bazzardi), al agruparlas en esta estrofa:

“Con la Gularte y la Rosa/ sos el símbolo mejor/ al igual que Alberto Mastra/ que fue quien te bautizó”.

Y bien hizo Ramón Rivadavia, al ensamblarla a música de candombe. El tema, que yo sepa, no se ha popularizado todavía, pero ya llegará la noche en que habremos de bailarlo todos juntos.

Hugo Giordano (1999)

correo: elhugopoeta@gmail.com


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