miércoles, 3 de octubre de 2007

Supervivencias de aquel feroz racismo

LA SINRAZON DE LOS SIN COLOR

La desgracia descendió de las carabelas hace medio milenio. Desde que aquellos hombres pálidos y barbados pusieron pie sobre este continente, todo cambió para desdicha de sus nativos. Sedientos de metales preciosos, primero, ávidos de ciertos cultivos, después, ya no cesaron de desembarcar y afincarse para adueñarse de minas y haciendas y poner a su servicio a cuanto aborigen se les cruzase por el camino. Y cuando los brazos entraron a menguar, bueno, la cuestión se resolvió haciendo una escala previa en el otro continente sureño. Puesto que los indios no son suficientes, surtámonos –razonaron- con esos oscuros homúnculos que tanto proliferan al sur del Sahara. De ahí en más, toda vez que atracaban en las costas occidentales de Africa, era para arrastrar hacia las bodegas de sus embarcaciones un nuevo producto de exportación. Al polvo de oro, el marfil, la pimienta y la goma, se sumaron a partir de entonces los esclavos engrillados de a dos. Quedaba así consumada una forma de transacción que haría escuela: mercaderías europeas por esclavos africanos y éstos por productos americanos. En el norte de América, allá por 1750, los barcos partían repletos de barriles de ron; cuando llegaban al continente negro los cambiaban por esclavos, los que se comercializaban luego en el Caribe, lugar que además aportaba la melaza que habría de ser destilada en Massachusetts hasta convertirla en ron, con lo cual se cerraba el círculo. Se le calificó de “comercio triangular”, pero tal vez le calzase mejor el rotulo de “negocio redondo”.

El continente que antes era un obstáculo a ser rodeado y dejado atrás, de paso hacia Asia, se volvió así tierra codiciada, en tanto fuente proveedora de mano de obra gratuita y no generadora de culpas. Al fin y al cabo los negreros no hacían otra cosa que apropiarse de un “rastrero caníbal destinado de la Providencia ser un esclavo”. Era negro, era feo, era primitivo, era malo. ¿Cómo podía ambicionar para sí mejor fortuna?

Otra cruzada “civilizadora”

Hasta que al final la abolición de la esclavitud se propagó por el mundo y con ella advino... otro tipo de esclavitud.

A poco de iniciarse este siglo zarpaba el último convoy cargado de esclavos. Diez más tarde sólo quedaban dos estados independientes en Africa: Etiopía y Liberia. Los países europeos, que se limitaban a dominar las costas africanas (el tráfico negrero no exigía más), decidieron de pronto incursionar e ir tomando posición de los territorios interiores. Habían descubierto las ventajas de eliminar intermediarios y echar mano directamente a las materias primas que allí abundaban (caucho, petróleo, hierro, carbón, algodón). De modo que, en cosa de décadas, casi todo el continente fue repartido entre ingleses, belgas, alemanes, franceses e italianos.

Ahora los suplicios del sometimiento, la expoliación y el trato inhumano no se instalaban al cabo de una interminable travesía; sobrevenían sin mudanzas, en la propia patria.

También esta vez fue necesario encontrar coartadas morales; y desde luego que no costó mucho encontrarlas. La conquista y la ocupación se evaluaron como un gesto de “protección hacia las razas más débiles”, y el succionamiento de las riquezas naturales, como una “apertura a la civilización y el comercio”.

A la colonización y el saqueo americano le siguió la colonización y el saqueo africano, ocurriendo que, tanto en un caso como en el otro, las víctimas resultasen ser las mismas.

Aquí y allá, y en épocas distintas, tan infamantes tropelías tocaron a su fin. Los salvajes intrusos fueron destronados y expulsados, las cadenas se rompieron, otro status de dignidad se adquirió. En buena medida porque los europeos comprendieron que podían continuar haciendo su agosto sin siquiera moverse de sus ciudades. No importa. Los suspiros de alivio resonaron a ambos lados del Atlántico sur. Algo era algo, por más que ese algo no fuese todo.

Irracionalidades persistentes

Se retrajeron los colonizadores, entraron en descrédito los segregacionistas, pero ¿la discriminación desapareció?

Comencemos por casa, dándole la palabra a Beatriz Ramírez, subdirectora de Mundo Afro (agrupación que nuclea a la colectividad negra): “nuestra condición de reproductoras de esclavos de ayer ha seguido una secuencia; hoy somos reproductoras de pobreza. Más del 50% de las mujeres negras son domésticas”. Y si los negros padecen todavía cierto grado de “marginalización económica”, las negras no sólo no quedan al margen de ella, sino que la sufren más agudamente por el simple hecho de ser mujeres; vale decir: soportan, para colmo, una discriminación por género.

Considerando semejante injusticia, el Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial de la O.N.U. le recomendó al gobierno uruguayo el establecimiento de “programas especiales apuntando a facilitar el acrecentamiento social de las mujeres pertenecientes a la comunidad afrouruguaya”. Con respecto a la situación en el plano del trabajo, la educación y la vivienda, le solicita (ya sin distinción de sexo) que dé pasos para “reducir inequidades presentes”, reclamándole, además, “adecuadas prohibiciones y penalizaciones de actos de discriminación racial".

A posteriori (el 23 del mes pasado), Mundo Afro e I.N.D.I.A. (Integrador Nacional de los Descendientes Indígenas Americanos) hicieron pública una “Carta abierta a los candidatos a la Presidencia de la República”. En ella reivindicar “un pasado histórico, donde los indígenas y los negros formaban parte del orgullo patrimonial de la patria” y se lamentan de que “la trayectoria posterior de estos grupos, fruto de discriminaciones sustentadas para con ellos, llevó a su falta de incidencia en la sociedad”. La carta culmina con frases dirigidas a los eventuales representantes del próximo gobierno, a la espera de que ellos sí se aboquen a “instrumentar las medidas recomendadas por el Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial”.

Vamos a soñar con que nuestro pueblo, actuando con sabiduría, elegirá en breve a un candidato que sea sensible a tal planteo: y que, por consiguiente, las campanas del 2000 van a repicar para anunciarnos que concluye un ciclo y comienza otro: el de las tan postergadas reparaciones.

Hugo Giordano (1999)

correo: elhugopoeta@gmail.com

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