miércoles, 3 de octubre de 2007

SIGLO DEL CANDOMBE, AÑO I

A fines del siglo 18 casi todos los esclavos provenientes de Africa ingresaban al continente a través del puerto de Montevideo. La mayoría proseguía viaje hacia otras regiones del Virreinato; la minoría pasaba a engrosar la población capitalina. Un censo de 1805 revelaba que, de los 9.356 habitantes del casco de la ciudad, 3.114 eran negros; nada menos que la tercera parte...

Habiendo ellos perdido su patria, su modo de subsistencia, su libertad, se aferraron con todo a su música y sus danzas. A falta de troncos ahuecados construyeron sus tambores con duelas de barricas y retazos de cuero desechado, y en cuanta oportunidad se les presentaba los percutían con persistencia y ardor. Pero lo bueno para ellos no lo era para sus amos y en noviembre de 1807 las autoridades se ensañaron con “los bailes de negros”, prohibiéndolos “absolutamente dentro y fuera de la ciudad”; sin mucho éxito, por cierto; un año después los vecinos estaban exigiendo al Cabildo mayor represión contra “los tangos de negros”. El Cabildo se limitó esta vez, y recién en 1816, a establecer restricciones de espacio (sólo se permitirían “extramuros”) y de tiempo (únicamente las tardes festivas y hasta la puesta del sol).

La abolición de la esclavitud, acaecida en 1853, abriría una nueva etapa, aunque no tan auspiciosa como era dable esperar. La igualdad jurídica no erradicó la conducta racista imperante y el negro tuvo que contentarse con los oficios peor remunerados o, lo que es más grave, con ser carne de cañón en las guerras civiles; un abuso infame que tendrá nefastas derivaciones para ellos: cuando se instale la paz representarán apenas un 5, un 6% de la población montevideana.

El sustancial decrecimiento demográfico y el marginamiento socioeconómico, no correrán a la par, empero, de su status carnavalesco. Con la imposición de los desfiles de comparsas, las de negros tendrán ocasión de sobresalir, al punto de generar divisiones en el juicio valorativo de los blancos. Mientras unos las prosiguen fustigando, otros les prodigan elogios. Así ocurre que en 1892 “El Bien” reconoce que “el gran elemento del carnaval son los morenos”, al tiempo que “La Mosca” lamenta “la manía de muchos blancos de embetunarse la cara a fin de imitar la danza más atrasada del mundo”.

Ultimos años del siglo 19, que serán testigos de la jerarquización del tamboril en desmedro de los instrumentos de cuerda y de viento que antes también utilizaban las comparsas.

El perfil distintivo de ellas se afianza e igualmente la tendencia a que, en el momento de evaluarlas, los prejuicios graviten en menor medida.

Eclosión del candombe

La nueva centuria será escenario de un carnaval distinto. El fenómeno de los tablados, incipiente en las postrimerías del siglo que quedó atrás, cobrará en poco tiempo un volumen impresionante: 9 en 1901, 22 en 1903, más de 200 en la década de 1920; en consonancia, desde luego, con la cantidad de conjuntos que comparecían, también del orden de los tres dígitos.

A la salida callejera de los tamboriles, se suma ahora la interpretación del repertorio de canciones que las comparsas de negros y lubolos despliegan sobre los estrados.

Con posterioridad, una serie de hechos se suceden, todos reveladores de que el área de influencia del candombe no cesa de extenderse. Primero –antes del medio siglo- fue la aparición de orquestas típicas (de Romeo Gavioli, de Alberto Castillo) que se caracterizaron por ejecutar candombes con relativa frecuencia. Después fue su irrupción con acompañamiento de guitarras, en la época de auge de la canción de protesta y del invento del candombe beat; suceso que se repetirá poco más tarde, en tiempos dictatoriales, en ancas de una masiva revalorización del carnaval. De inmediato, con la restauración democrática, será el turno de los candombailes y la propagación de las salidas de tambores por casi todos los barrios montevideanos; intenso e imparable furor que redunda en un ostensible incremento del número de comparsas que concurren a Las Llamadas; cada año el récord anterior viene siendo batido por amplio margen; las sorprendentes 25 del 2000 ya han sido opacadas por las 35 de este año. Eso en la capital; algo similar está sucediendo en el Interior, con algún polo especial de desarrollo, como es el caso de Durazno, donde acaban de desfilar 32 comparsas.

Estamos ante una corriente vigorosa, capaz de desanimar al más osado contradictor. Ya nadie pone en cuestión sus bondades; antes bien, el candombe se hace merecedor de loas generalizadas.

Lejano, muy lejano en el tiempo y la mentalidad, se nos antoja aquel confinamiento a “la parte sur de la ciudad” y por unas poquitas horas de unos poquitos días. Lejano, obsoleto y ridículo; e ineficaz; a partir de aquella nadita tolerada, de aquel arbustito enclenque, crecería este árbol frondoso, de ramaje esparcido hacia los cuatro puntos cardinales.

El candombe negriblanco

Y al fin llegamos al siglo 21 con muchos blancos tocando el tambor por las calles y demasiados negros en las veredas, mirándolos pasar. Como si las comparsas fueran cada vez más lubolas y cada vez menos negras. ¿Es que los blancos, que denigraban el candombe, han terminado por arrebatárselo a quienes lo engendraron?

Las previsibles prevenciones de la colectividad negra frente a esta invasión blanca carecerían, sin embargo, de entidad. “Hay gente negra que de repente puede tener un recelo –asegura Eduardo da Luz-, como que quiere cuidar lo suyo, como quien cuida un patrimonio. Pero es muy mínimo eso”.

Muchos blancos, por su parte, consideran que el candombe se popularizó a un grado tal que a esta altura se ha convertido en patrimonio de toda la sociedad uruguaya. En este carnaval el blanco Jorge Schelemberg se presentó en el concurso de agrupaciones con “Mi Morena”, una comparsa compuesta casi enteramente por blancos. En una de las canciones sus integrantes entonan los siguientes versos suyos: “No está en la sangre, no, no está en la sangre, el repique del tambor está en el aire”.

Parece vana esta disputa. Un damero está compuesto por cuadrados negros y blancos para que dos contendores se enfrentan procurando uno doblegar al otro. En el tablero de la vida, en cambio, no tiene por qué haber colores contrapuestos, ni es fatal que alguien triunfe a expensas de la derrota ajena. Los negros deberían estar contentos por haberse tomado una revancha histórica sobre los blancos que les expropiaron sus vidas y su derecho a la felicidad, sin caer en las bajezas y las crueldades en que ellos cayeron. Y los blancos, lo mismo, porque gracias a que fueron conquistados por el ritmo de las “piezas de ébano” que otrora explotaban, cuentan hoy con cierto sólido caracú de identidad; el que jamás habrían adquirido de haber seguido apegados al fandango, a la contradanza, a aquellos géneros musicales que sus ancestros tanto cultivaban y veneraban. No da para resquemores y sí para que los uruguayos de todos los pelos y colores cinchemos juntos, a fin de divulgar el candombe fuera de fronteras. Es hora de que lo gocen los demás; o sea: el resto de los humanos.

Hugo Giordano

correo: elhugopoeta@gmail.com

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ESTO SOY Soy uruguayo, nací en mi querida tierra el 14 de noviembre de 1945 y radicado en Argentina desde 1976. Aquí comencé a dibujar y pintar (o a intentarlo por lo menos) asistiendo a talleres de dibujo con modelo y además con una corta experiencia en grabado (aguafuerte). Después de haber logrado publicar algo en el campo del humor gráfico, me dediqué a investigar sobre la cultura afro-uruguaya y comencé a pintar el tema del candombe. La fotografía la tecnología y el dibujo han sido desde el principio de mi vida las pasiones que no me abandonaron nunca. Esa extraña mezcla permiten que hoy me maneje entre ellas con cierta facilidad, y ahora con mayor tiempo a mi disposición, sigo estudiando, experimentando e intentando crear en forma permanente.