miércoles, 3 de octubre de 2007

El chas chas de nuestro tamboril

Hubo un tiempo en que Buenos Aires daba cabida a varios “barrios del tambor”.

Sobre fines del siglo pasado el aluvión inmigratorio comenzó a penetrarlos y, poco a poco, a desdibujarlos. La apabullante superioridad numérica de los recién desembarcados determinó que los grupos de negros fueran arrastrados por una corriente aculturadora que acabó despojándolos de sus características distintivas.

Entrado este siglo ya habían adoptado masivamente las costumbres de la mayoría. Al final “los negros bailaban como los blancos” y “los ritmos de los candombes se iban silenciando”.

“Candombe, candombe negro,

candombe de Buenos Aires,

por las calles de San Telmo

se va perdiendo el candombe...”

Y un mal día de aquéllos se perdió nomás...Definitivamente...

A mitad de siglo el argentino José Luis Lanuza verificaba que “ya casi no hay morenos entre nosotros. Los pocos que quedan no llevan una vida aparte, que los diferencie del resto de la población. Cada vez más aislados, más blanqueados, arrollados por la muchedumbre de inmigrantes, se acababan los negros criollos”. Y al reconocer esa realidad no puede menos que dolerse de ella: “a veces, hamacados por una melodía de los negros de Estados Unidos, de Cuba o del Brasil, se nos ocurre pensar que los morenos de la Argentina pudieron también dejarnos una música típica. Pero nuestros morenos casi no nos han dejado ni su recuerdo...”.

Es llamativo que Lanuza haya omitido mencionar a los negros del Uruguay. Tal vez se resistía a admitir que al otro lado del río, tan cerquita, las cosas se habían dado tal como él hubiera deseado que sucedieran en su patria. Porque, sobre el costado sur de Montevideo, los tambores nunca dejaron de sonar...

Los negros llaman y el pueblo responde

Los “barrios del tambor” montevideanos tuvieron, sí, mejor fortuna que los bonaerenses. El nuevo siglo no los sorprendió mustios; los sorprendió florecientes.

De las 46 agrupaciones inscriptas en el Concurso Oficial de Carnaval de 1876, más de la cuarta parte (12) eran negras. Veinticinco años después, en los albores del siglo XX, el furor no decrecía; por el contrario: se incrementaba. En 1900 se había incorporado una nueva comparsa (“Los esclavos del Nyanza”) destinada a jerarquizar la categoría de “comparsas lubolas”, y a acaparar los primeros premios; tal es así que en 1932 no hubo más remedio que declararla fuera de concurso.

Y, ya pasado el medio siglo, continuaban irrumpiendo en los escenarios nuevos y calificados conjuntos: “Añoranzas Negras”, “Miscelánea Negra”, “Morenada”, “Fantasía Negra”; entre todos darían vida a una época de auge del género.

O sea que, en lugar de la decadencia y la desaparición registrada en el país vecino, existía arraigo y constante superación; y ello sin mencionar un fenómeno de aristas impactantes: Las Llamadas. Tras su oficialización, en 1956, quedó estipulado que los conjuntos de negros debían intervenir en dos desfiles: uno que recorría “nuestra principal avenida” y otro que estremecía los “barrios del tambor”. Transitarán por este último, mudos, a puro tambor y baile, reservando para los tablados la incorporación de otros instrumentos, de melodías y de cantos.

Toda una larga caravana, en definitiva, que viene desde el siglo pasado, y avanza hacia las postrimerías del presente, a tambor batiente, inmune a los embates foráneos, imponiéndose por pasión y autenticidad ante criollosk y extranjeros afincados.

Si en Argentina los negros terminaron bailando la música de los blancos, en Uruguay ocurrió al revés. “El candombe de los negros/ que lo gozan los demás”. Aquí su música ha perdurado y se transformado en patrimonio de casi todos. Son cada vez menos los uruguayos que la escuchan sin involucrarse.

Lo que el mundo se está perdiendo...

Una vez que el candombe se afianzó de modo irreversible en nuestro país, surgieron oportunidades para su promoción en el ámbito internacional.

“Morenada” nos representó en el Campeonato Mundial de Alemania de 1974 y obtuvo un primer premio en un concurso de conjuntos latinoamericanos que se organizara en Quito; también realizó exitosas incursiones en la vecina orilla. El conjunto “Bantú” participó con singular brillo en el carnaval de Niza de 1990 y alcanzó “una repercusión inesperada” en el Festival Internacional Universitario de Folklore que tuvo lugar en Chile al año siguiente, para volver a lucirse en la Expo Sevilla ‘92.

Y después de todo eso, ¿qué?

En la revista “Carnaval del Uruguay”, editada por DAECPU-FECC a fines del 93, se lee lo siguiente: “El candombe es nuestra máxima expresión popular, debemos multiplicar esfuerzos para mostrárselo al mundo. Una comparsa uruguaya es capaz de hacer temblar a cualquier ciudad del planeta, ¿qué aguardamos?”. Cuatro años más tarde, la pregunta se mantiene en pie. Poco y nada se ha hecho para que ella pierda sentido. Las prometedoras experiencias de “Morenada” y de “Bantú” no fueron capitalizadas de la forma que era dable esperar.

Para Fernando Condon, director de la orquesta sinfónica del SODRE, “falta la inversión en una infraestructura que proyecte a ese producto (el candombe) como uno de exportación”. Según él (ver “Brecha” del 11/7/97), la difusión mundial que tuvo el merengue dominicano, tras la aparición de Juan Luis Guerra, fue posible en base a que no se escatimaron medios para montar esa imprescindible infraestructura que aquí continúa brillando por la ausencia.

Así las cosas, entonces, los ciudadanos del mundo ingresarán al tercer milenio sin el fondo musical de uno de los ritmos más vibrantes y bailables.

Por desinterés, desidia, reticencia, falta de oportunismo o de audacia, no estamos todavía presentes en el concierto universal. Cuando podríamos, ahí sí, hacer un aporte verdaderamente valioso.

Es lamentable...

Y también, por suerte, subsanable.

HUGO GIORDANO

correo: elhugopoeta@gmail.com

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