miércoles, 3 de octubre de 2007

TRES MUJERES PARA EL CANDOMBE

Fermina no entra con buen pie a este mundo. Su padre muere poco antes de su nacimiento y su madre cuando ella tenía apenas dos años. “Así que ya venía yo con mi cruz”; una cruz que habrá de cargar por largo tiempo. Huérfana, negra, chiquita a la deriva, lleva todas las de perder y, efectivamente, sigue perdiendo. La familia que la recoge no se compadece de su situación (“me pegaban mucho, de eso no me olvido”), de suerte que el cambio de escenario (de Paso de los Novillos a Montevideo) no mejora demasiado las cosas. Y como ella es rebelde, la convivencia ingresa en círculos viciosos que conducen a sucesivas mudanzas. A la edad escolar sus días transcurren bajo el control de las maestras y hermanas de la Congregación del Perpetuo Socorro, a los 15 años es alojada en el Colegio de las Hermanas Vicentinas y, entre los 19 y los 21, los pasa en el Colegio Buen Pastor. Alcanzada al fin la mayoría de edad, es el momento de alejarse definitivamente de los internados para integrarse a ese mundo que ella siempre había balconeado con apetencia y, a la vez, con recelo. “¡Criada en lo conventos, solamente!”, ahora “¡tenía terror!”. La cara que hasta ese momento le había mostrado la vida no era muy agradable y era lógico, por tanto, que creyera ver fantasmas, más allá del umbral que se aprestaba a trasponer. Un destino inmediato de mucama en casa burguesa le aguardaba. Tras el asilo, la servidumbre.

Rosa Amelia tampoco tuvo padre, aunque por distinta razón (no asumió él su responsabilidad); tuvo, en cambio, familia numerosa: madre y montones de hermanos. Un entorno que bien pudo haber oficiado de contrapeso, ante la grave omisión paterna y que, en los hechos, funcionó como proveedor de mayor desdicha: “mientras yo crecía, mi madre enterraba a mis hermanitos que se morían desnutridos. Tenía quince hijos y sólo nos salvamos ocho”. La pobreza, las enfermedades, la muerte, el dolor lacerante por las pérdidas continuas...Duro de roer ese pan de cada día...Pero había que seguir y siempre condicionada por penosas circunstancias. “Tenía que haber ido a la escuela, pero andaba fregando pisos y limpiando la mugre de otros. Salía de una casa y entraba en otra. Las casas eran distintas pero los patrones eran todos iguales. Los tipos te manoseaban, las patronas te exprimían”. Ni siquiera la posibilidad de abandonar ese trabajo humillante para retomar la escuela, se ofrecía como tentadora. Su fugaz experiencia escolar también le había reportado sinsabores: “la madre de mi compañerita de banco se quejaba a la maestra porque su hija tenía que sentarse al lado de una negra”. Tenía madre, no padecía el clima opresor de los conventos, pero los años infantiles y adolescentes se le iban de las manos a esta “negra Rosita” sin que le fuera mucho mejor que a la negra Fermina.

La metamorfosis



Siempre se le atribuyó al carnaval un poder mágico de transfiguración de las personas: la doméstica se vuelve dama, el mujeriego, cura, el lustrabotas, potentado. Hay casos, incluso, en los que el carnaval opera profundos cambios, y ya no solamente por efecto de un disfraz y con alcance pasajero.

Fermina y Rosa Amelia, aquellas dos negritas cascoteadas, pueden dar fe de ello. El contacto de ambas con el mundo carnavalero (tardío en la primera, precoz en la segunda) marcará un hito en sus existencias. Las dos sirvientitas destratadas por los patrones cobraron forma de vedettes aclamadas por las multitudes. Y no fue fantasía, milagro de una noche que el sol hace trizas. No hubo, por fortuna, doce campanadas que las retrotrayeran a sus épocas de cenicientas. Desde que comenzaron a desfilar con séquito de tamborileros, desde que desplegaron sus danzas sobre los tablados de todos los barrios, sus destinos tuvieron un vuelco radical y definitivo. El cambio de nombres no fue más que la expresión simbólica de la transmutación. Se consumó un nuevo bautismo (la negra Fermina pasó a llamarse Martha y la negra Rosita sólo Rosa) porque ellas se habían constituido como personajes de una obra sustancialmente distinta a la que hasta entonces habían venido representando. ¿O eran emparentables, acaso, la cofia y el delantal de otrora con esas esplendentes vestimentas, ornamentadas con plumas de faisanes asiáticos y de avestruces africanas? Nada tenían que ver, sin duda, los vejámenes que habían padecido en privado, con los vivas y los aplausos que cada febrero les tributaba el público. Si las Llamadas y el candombe ganaban y mucho, al complementarse con ese par de bailarinas cimbreantes, sensuales, exuberantes, a la inversa ocurría otro tanto. Martha Gularte se llevará el mérito, además, de ser la primera de las uruguayas en encabezar con brillo una comparsa y Rosa Luna de hacerlo, pero no distanciada, sino pegadita a los tambores.

Cualquiera de ellas, primerísima, insustituible figura en la corte del Momo candombero.

Un candombe para las tres

Ellas fueron las reinas, las diosas, los cuerpos voluptuosos, el momento danzante del candombe, porque ese ritmo esperaba de ese baile. Aunque éste no lo colmase...¡Carecía aun del exacto acople vocal!

Para cubrir tal ausencia fue que nació Lida Melba Benavídez, cinco años después que Martha, trece años antes que Rosa. Ya pronto se fue arrimando hacia el sitio de su predestinación. A los cinco años el Durazno natal ya había sido suplido por

la calle Durazno, en pleno corazón del barrio Sur, de modo que de pequeñita fuera acompasando su garganta al repiqueteo que se colaba por puertas y ventanas. Es cierto que primero integró una “Cruzada Gaucha”, que ganó luego un concurso de tangos, que cantó música melódica a capella; pero no fueron más que rodeos incapaces de apartarla de lo inevitable: su fusión con el candombe. “El candombe llegó muchos años después, cuando comencé a salir en carnaval”. Llegó y se quedó, dado que otra cosa no podía sucederle a esa voz que brotaba (son palabras de Osvaldo Pugliese) “desde el corazón del tambor”. No había lugar a dos opiniones: su canto se revelaba tan consustancial al candombe como el de Mercedes Sosa al folclore y el de Gardel al tango. A ese son oscuro que surge como clamor de libertad de los ancestros, su voz desgarrada y aguardentosa le cayó como anillo al dedo. Hab

ía desconsuelo y rabia e impotencia en ese lamento que se alzaba, nocturno y lunar. Tal vez porque en un pasado hubo “mama” lavandera bordeando la miseria y pasaje diario por orfelinato y racismo aberrante dejando su huella: “la gente que discrimina no imagina el dolor que causa, no imagina lo que uno llora a solas”. Y fue necesario entonces adecuar el nombre identificatorio. Tantos ríos de lágrimas sólo podían ser vertidos por Lágrima Ríos.

Otra mujer rebautizada, reconvertida, por efecto de la magia del candombe y del carnaval.


Y ya eran tres...Cada quien con su vía crucis, sobreponiéndose, imponiéndose, triunfadoras a pesar de...Aquéllas dos desafiantes, provocadoras, turbulentas; ésta una, recatada, siempre fiel a sí misma, “dama del candombe”, señora de la vida. Bien hizo el autor de una letra dedicada a Lágrima (Juan Bazzardi), al agruparlas en esta estrofa:

“Con la Gularte y la Rosa/ sos el símbolo mejor/ al igual que Alberto Mastra/ que fue quien te bautizó”.

Y bien hizo Ramón Rivadavia, al ensamblarla a música de candombe. El tema, que yo sepa, no se ha popularizado todavía, pero ya llegará la noche en que habremos de bailarlo todos juntos.

Hugo Giordano (1999)

correo: elhugopoeta@gmail.com


Supervivencias de aquel feroz racismo

LA SINRAZON DE LOS SIN COLOR

La desgracia descendió de las carabelas hace medio milenio. Desde que aquellos hombres pálidos y barbados pusieron pie sobre este continente, todo cambió para desdicha de sus nativos. Sedientos de metales preciosos, primero, ávidos de ciertos cultivos, después, ya no cesaron de desembarcar y afincarse para adueñarse de minas y haciendas y poner a su servicio a cuanto aborigen se les cruzase por el camino. Y cuando los brazos entraron a menguar, bueno, la cuestión se resolvió haciendo una escala previa en el otro continente sureño. Puesto que los indios no son suficientes, surtámonos –razonaron- con esos oscuros homúnculos que tanto proliferan al sur del Sahara. De ahí en más, toda vez que atracaban en las costas occidentales de Africa, era para arrastrar hacia las bodegas de sus embarcaciones un nuevo producto de exportación. Al polvo de oro, el marfil, la pimienta y la goma, se sumaron a partir de entonces los esclavos engrillados de a dos. Quedaba así consumada una forma de transacción que haría escuela: mercaderías europeas por esclavos africanos y éstos por productos americanos. En el norte de América, allá por 1750, los barcos partían repletos de barriles de ron; cuando llegaban al continente negro los cambiaban por esclavos, los que se comercializaban luego en el Caribe, lugar que además aportaba la melaza que habría de ser destilada en Massachusetts hasta convertirla en ron, con lo cual se cerraba el círculo. Se le calificó de “comercio triangular”, pero tal vez le calzase mejor el rotulo de “negocio redondo”.

El continente que antes era un obstáculo a ser rodeado y dejado atrás, de paso hacia Asia, se volvió así tierra codiciada, en tanto fuente proveedora de mano de obra gratuita y no generadora de culpas. Al fin y al cabo los negreros no hacían otra cosa que apropiarse de un “rastrero caníbal destinado de la Providencia ser un esclavo”. Era negro, era feo, era primitivo, era malo. ¿Cómo podía ambicionar para sí mejor fortuna?

Otra cruzada “civilizadora”

Hasta que al final la abolición de la esclavitud se propagó por el mundo y con ella advino... otro tipo de esclavitud.

A poco de iniciarse este siglo zarpaba el último convoy cargado de esclavos. Diez más tarde sólo quedaban dos estados independientes en Africa: Etiopía y Liberia. Los países europeos, que se limitaban a dominar las costas africanas (el tráfico negrero no exigía más), decidieron de pronto incursionar e ir tomando posición de los territorios interiores. Habían descubierto las ventajas de eliminar intermediarios y echar mano directamente a las materias primas que allí abundaban (caucho, petróleo, hierro, carbón, algodón). De modo que, en cosa de décadas, casi todo el continente fue repartido entre ingleses, belgas, alemanes, franceses e italianos.

Ahora los suplicios del sometimiento, la expoliación y el trato inhumano no se instalaban al cabo de una interminable travesía; sobrevenían sin mudanzas, en la propia patria.

También esta vez fue necesario encontrar coartadas morales; y desde luego que no costó mucho encontrarlas. La conquista y la ocupación se evaluaron como un gesto de “protección hacia las razas más débiles”, y el succionamiento de las riquezas naturales, como una “apertura a la civilización y el comercio”.

A la colonización y el saqueo americano le siguió la colonización y el saqueo africano, ocurriendo que, tanto en un caso como en el otro, las víctimas resultasen ser las mismas.

Aquí y allá, y en épocas distintas, tan infamantes tropelías tocaron a su fin. Los salvajes intrusos fueron destronados y expulsados, las cadenas se rompieron, otro status de dignidad se adquirió. En buena medida porque los europeos comprendieron que podían continuar haciendo su agosto sin siquiera moverse de sus ciudades. No importa. Los suspiros de alivio resonaron a ambos lados del Atlántico sur. Algo era algo, por más que ese algo no fuese todo.

Irracionalidades persistentes

Se retrajeron los colonizadores, entraron en descrédito los segregacionistas, pero ¿la discriminación desapareció?

Comencemos por casa, dándole la palabra a Beatriz Ramírez, subdirectora de Mundo Afro (agrupación que nuclea a la colectividad negra): “nuestra condición de reproductoras de esclavos de ayer ha seguido una secuencia; hoy somos reproductoras de pobreza. Más del 50% de las mujeres negras son domésticas”. Y si los negros padecen todavía cierto grado de “marginalización económica”, las negras no sólo no quedan al margen de ella, sino que la sufren más agudamente por el simple hecho de ser mujeres; vale decir: soportan, para colmo, una discriminación por género.

Considerando semejante injusticia, el Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial de la O.N.U. le recomendó al gobierno uruguayo el establecimiento de “programas especiales apuntando a facilitar el acrecentamiento social de las mujeres pertenecientes a la comunidad afrouruguaya”. Con respecto a la situación en el plano del trabajo, la educación y la vivienda, le solicita (ya sin distinción de sexo) que dé pasos para “reducir inequidades presentes”, reclamándole, además, “adecuadas prohibiciones y penalizaciones de actos de discriminación racial".

A posteriori (el 23 del mes pasado), Mundo Afro e I.N.D.I.A. (Integrador Nacional de los Descendientes Indígenas Americanos) hicieron pública una “Carta abierta a los candidatos a la Presidencia de la República”. En ella reivindicar “un pasado histórico, donde los indígenas y los negros formaban parte del orgullo patrimonial de la patria” y se lamentan de que “la trayectoria posterior de estos grupos, fruto de discriminaciones sustentadas para con ellos, llevó a su falta de incidencia en la sociedad”. La carta culmina con frases dirigidas a los eventuales representantes del próximo gobierno, a la espera de que ellos sí se aboquen a “instrumentar las medidas recomendadas por el Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial”.

Vamos a soñar con que nuestro pueblo, actuando con sabiduría, elegirá en breve a un candidato que sea sensible a tal planteo: y que, por consiguiente, las campanas del 2000 van a repicar para anunciarnos que concluye un ciclo y comienza otro: el de las tan postergadas reparaciones.

Hugo Giordano (1999)

correo: elhugopoeta@gmail.com

SIGLO DEL CANDOMBE, AÑO I

A fines del siglo 18 casi todos los esclavos provenientes de Africa ingresaban al continente a través del puerto de Montevideo. La mayoría proseguía viaje hacia otras regiones del Virreinato; la minoría pasaba a engrosar la población capitalina. Un censo de 1805 revelaba que, de los 9.356 habitantes del casco de la ciudad, 3.114 eran negros; nada menos que la tercera parte...

Habiendo ellos perdido su patria, su modo de subsistencia, su libertad, se aferraron con todo a su música y sus danzas. A falta de troncos ahuecados construyeron sus tambores con duelas de barricas y retazos de cuero desechado, y en cuanta oportunidad se les presentaba los percutían con persistencia y ardor. Pero lo bueno para ellos no lo era para sus amos y en noviembre de 1807 las autoridades se ensañaron con “los bailes de negros”, prohibiéndolos “absolutamente dentro y fuera de la ciudad”; sin mucho éxito, por cierto; un año después los vecinos estaban exigiendo al Cabildo mayor represión contra “los tangos de negros”. El Cabildo se limitó esta vez, y recién en 1816, a establecer restricciones de espacio (sólo se permitirían “extramuros”) y de tiempo (únicamente las tardes festivas y hasta la puesta del sol).

La abolición de la esclavitud, acaecida en 1853, abriría una nueva etapa, aunque no tan auspiciosa como era dable esperar. La igualdad jurídica no erradicó la conducta racista imperante y el negro tuvo que contentarse con los oficios peor remunerados o, lo que es más grave, con ser carne de cañón en las guerras civiles; un abuso infame que tendrá nefastas derivaciones para ellos: cuando se instale la paz representarán apenas un 5, un 6% de la población montevideana.

El sustancial decrecimiento demográfico y el marginamiento socioeconómico, no correrán a la par, empero, de su status carnavalesco. Con la imposición de los desfiles de comparsas, las de negros tendrán ocasión de sobresalir, al punto de generar divisiones en el juicio valorativo de los blancos. Mientras unos las prosiguen fustigando, otros les prodigan elogios. Así ocurre que en 1892 “El Bien” reconoce que “el gran elemento del carnaval son los morenos”, al tiempo que “La Mosca” lamenta “la manía de muchos blancos de embetunarse la cara a fin de imitar la danza más atrasada del mundo”.

Ultimos años del siglo 19, que serán testigos de la jerarquización del tamboril en desmedro de los instrumentos de cuerda y de viento que antes también utilizaban las comparsas.

El perfil distintivo de ellas se afianza e igualmente la tendencia a que, en el momento de evaluarlas, los prejuicios graviten en menor medida.

Eclosión del candombe

La nueva centuria será escenario de un carnaval distinto. El fenómeno de los tablados, incipiente en las postrimerías del siglo que quedó atrás, cobrará en poco tiempo un volumen impresionante: 9 en 1901, 22 en 1903, más de 200 en la década de 1920; en consonancia, desde luego, con la cantidad de conjuntos que comparecían, también del orden de los tres dígitos.

A la salida callejera de los tamboriles, se suma ahora la interpretación del repertorio de canciones que las comparsas de negros y lubolos despliegan sobre los estrados.

Con posterioridad, una serie de hechos se suceden, todos reveladores de que el área de influencia del candombe no cesa de extenderse. Primero –antes del medio siglo- fue la aparición de orquestas típicas (de Romeo Gavioli, de Alberto Castillo) que se caracterizaron por ejecutar candombes con relativa frecuencia. Después fue su irrupción con acompañamiento de guitarras, en la época de auge de la canción de protesta y del invento del candombe beat; suceso que se repetirá poco más tarde, en tiempos dictatoriales, en ancas de una masiva revalorización del carnaval. De inmediato, con la restauración democrática, será el turno de los candombailes y la propagación de las salidas de tambores por casi todos los barrios montevideanos; intenso e imparable furor que redunda en un ostensible incremento del número de comparsas que concurren a Las Llamadas; cada año el récord anterior viene siendo batido por amplio margen; las sorprendentes 25 del 2000 ya han sido opacadas por las 35 de este año. Eso en la capital; algo similar está sucediendo en el Interior, con algún polo especial de desarrollo, como es el caso de Durazno, donde acaban de desfilar 32 comparsas.

Estamos ante una corriente vigorosa, capaz de desanimar al más osado contradictor. Ya nadie pone en cuestión sus bondades; antes bien, el candombe se hace merecedor de loas generalizadas.

Lejano, muy lejano en el tiempo y la mentalidad, se nos antoja aquel confinamiento a “la parte sur de la ciudad” y por unas poquitas horas de unos poquitos días. Lejano, obsoleto y ridículo; e ineficaz; a partir de aquella nadita tolerada, de aquel arbustito enclenque, crecería este árbol frondoso, de ramaje esparcido hacia los cuatro puntos cardinales.

El candombe negriblanco

Y al fin llegamos al siglo 21 con muchos blancos tocando el tambor por las calles y demasiados negros en las veredas, mirándolos pasar. Como si las comparsas fueran cada vez más lubolas y cada vez menos negras. ¿Es que los blancos, que denigraban el candombe, han terminado por arrebatárselo a quienes lo engendraron?

Las previsibles prevenciones de la colectividad negra frente a esta invasión blanca carecerían, sin embargo, de entidad. “Hay gente negra que de repente puede tener un recelo –asegura Eduardo da Luz-, como que quiere cuidar lo suyo, como quien cuida un patrimonio. Pero es muy mínimo eso”.

Muchos blancos, por su parte, consideran que el candombe se popularizó a un grado tal que a esta altura se ha convertido en patrimonio de toda la sociedad uruguaya. En este carnaval el blanco Jorge Schelemberg se presentó en el concurso de agrupaciones con “Mi Morena”, una comparsa compuesta casi enteramente por blancos. En una de las canciones sus integrantes entonan los siguientes versos suyos: “No está en la sangre, no, no está en la sangre, el repique del tambor está en el aire”.

Parece vana esta disputa. Un damero está compuesto por cuadrados negros y blancos para que dos contendores se enfrentan procurando uno doblegar al otro. En el tablero de la vida, en cambio, no tiene por qué haber colores contrapuestos, ni es fatal que alguien triunfe a expensas de la derrota ajena. Los negros deberían estar contentos por haberse tomado una revancha histórica sobre los blancos que les expropiaron sus vidas y su derecho a la felicidad, sin caer en las bajezas y las crueldades en que ellos cayeron. Y los blancos, lo mismo, porque gracias a que fueron conquistados por el ritmo de las “piezas de ébano” que otrora explotaban, cuentan hoy con cierto sólido caracú de identidad; el que jamás habrían adquirido de haber seguido apegados al fandango, a la contradanza, a aquellos géneros musicales que sus ancestros tanto cultivaban y veneraban. No da para resquemores y sí para que los uruguayos de todos los pelos y colores cinchemos juntos, a fin de divulgar el candombe fuera de fronteras. Es hora de que lo gocen los demás; o sea: el resto de los humanos.

Hugo Giordano

correo: elhugopoeta@gmail.com

El chas chas de nuestro tamboril

Hubo un tiempo en que Buenos Aires daba cabida a varios “barrios del tambor”.

Sobre fines del siglo pasado el aluvión inmigratorio comenzó a penetrarlos y, poco a poco, a desdibujarlos. La apabullante superioridad numérica de los recién desembarcados determinó que los grupos de negros fueran arrastrados por una corriente aculturadora que acabó despojándolos de sus características distintivas.

Entrado este siglo ya habían adoptado masivamente las costumbres de la mayoría. Al final “los negros bailaban como los blancos” y “los ritmos de los candombes se iban silenciando”.

“Candombe, candombe negro,

candombe de Buenos Aires,

por las calles de San Telmo

se va perdiendo el candombe...”

Y un mal día de aquéllos se perdió nomás...Definitivamente...

A mitad de siglo el argentino José Luis Lanuza verificaba que “ya casi no hay morenos entre nosotros. Los pocos que quedan no llevan una vida aparte, que los diferencie del resto de la población. Cada vez más aislados, más blanqueados, arrollados por la muchedumbre de inmigrantes, se acababan los negros criollos”. Y al reconocer esa realidad no puede menos que dolerse de ella: “a veces, hamacados por una melodía de los negros de Estados Unidos, de Cuba o del Brasil, se nos ocurre pensar que los morenos de la Argentina pudieron también dejarnos una música típica. Pero nuestros morenos casi no nos han dejado ni su recuerdo...”.

Es llamativo que Lanuza haya omitido mencionar a los negros del Uruguay. Tal vez se resistía a admitir que al otro lado del río, tan cerquita, las cosas se habían dado tal como él hubiera deseado que sucedieran en su patria. Porque, sobre el costado sur de Montevideo, los tambores nunca dejaron de sonar...

Los negros llaman y el pueblo responde

Los “barrios del tambor” montevideanos tuvieron, sí, mejor fortuna que los bonaerenses. El nuevo siglo no los sorprendió mustios; los sorprendió florecientes.

De las 46 agrupaciones inscriptas en el Concurso Oficial de Carnaval de 1876, más de la cuarta parte (12) eran negras. Veinticinco años después, en los albores del siglo XX, el furor no decrecía; por el contrario: se incrementaba. En 1900 se había incorporado una nueva comparsa (“Los esclavos del Nyanza”) destinada a jerarquizar la categoría de “comparsas lubolas”, y a acaparar los primeros premios; tal es así que en 1932 no hubo más remedio que declararla fuera de concurso.

Y, ya pasado el medio siglo, continuaban irrumpiendo en los escenarios nuevos y calificados conjuntos: “Añoranzas Negras”, “Miscelánea Negra”, “Morenada”, “Fantasía Negra”; entre todos darían vida a una época de auge del género.

O sea que, en lugar de la decadencia y la desaparición registrada en el país vecino, existía arraigo y constante superación; y ello sin mencionar un fenómeno de aristas impactantes: Las Llamadas. Tras su oficialización, en 1956, quedó estipulado que los conjuntos de negros debían intervenir en dos desfiles: uno que recorría “nuestra principal avenida” y otro que estremecía los “barrios del tambor”. Transitarán por este último, mudos, a puro tambor y baile, reservando para los tablados la incorporación de otros instrumentos, de melodías y de cantos.

Toda una larga caravana, en definitiva, que viene desde el siglo pasado, y avanza hacia las postrimerías del presente, a tambor batiente, inmune a los embates foráneos, imponiéndose por pasión y autenticidad ante criollosk y extranjeros afincados.

Si en Argentina los negros terminaron bailando la música de los blancos, en Uruguay ocurrió al revés. “El candombe de los negros/ que lo gozan los demás”. Aquí su música ha perdurado y se transformado en patrimonio de casi todos. Son cada vez menos los uruguayos que la escuchan sin involucrarse.

Lo que el mundo se está perdiendo...

Una vez que el candombe se afianzó de modo irreversible en nuestro país, surgieron oportunidades para su promoción en el ámbito internacional.

“Morenada” nos representó en el Campeonato Mundial de Alemania de 1974 y obtuvo un primer premio en un concurso de conjuntos latinoamericanos que se organizara en Quito; también realizó exitosas incursiones en la vecina orilla. El conjunto “Bantú” participó con singular brillo en el carnaval de Niza de 1990 y alcanzó “una repercusión inesperada” en el Festival Internacional Universitario de Folklore que tuvo lugar en Chile al año siguiente, para volver a lucirse en la Expo Sevilla ‘92.

Y después de todo eso, ¿qué?

En la revista “Carnaval del Uruguay”, editada por DAECPU-FECC a fines del 93, se lee lo siguiente: “El candombe es nuestra máxima expresión popular, debemos multiplicar esfuerzos para mostrárselo al mundo. Una comparsa uruguaya es capaz de hacer temblar a cualquier ciudad del planeta, ¿qué aguardamos?”. Cuatro años más tarde, la pregunta se mantiene en pie. Poco y nada se ha hecho para que ella pierda sentido. Las prometedoras experiencias de “Morenada” y de “Bantú” no fueron capitalizadas de la forma que era dable esperar.

Para Fernando Condon, director de la orquesta sinfónica del SODRE, “falta la inversión en una infraestructura que proyecte a ese producto (el candombe) como uno de exportación”. Según él (ver “Brecha” del 11/7/97), la difusión mundial que tuvo el merengue dominicano, tras la aparición de Juan Luis Guerra, fue posible en base a que no se escatimaron medios para montar esa imprescindible infraestructura que aquí continúa brillando por la ausencia.

Así las cosas, entonces, los ciudadanos del mundo ingresarán al tercer milenio sin el fondo musical de uno de los ritmos más vibrantes y bailables.

Por desinterés, desidia, reticencia, falta de oportunismo o de audacia, no estamos todavía presentes en el concierto universal. Cuando podríamos, ahí sí, hacer un aporte verdaderamente valioso.

Es lamentable...

Y también, por suerte, subsanable.

HUGO GIORDANO

correo: elhugopoeta@gmail.com

jueves, 23 de agosto de 2007

El Parlamento Nacional Uruguayo ha aprobado por unanimidad el proyecto de ley que declara el 3 de diciembre “Día Nacional del Candombe, la Cultura Afrouruguaya y la Equidad Racial”.


“...en oportunidad de su primera celebración, nos planteamos la realización de un importante evento de amplia convocatoria y significación el próximo domingo 3 de diciembre, con la presencia de las autoridades nacionales y la participación de los principales exponentes de la cultura afrodescendiente en sus diversas manifestaciones, mancomunados en un gran espectáculo. Habrá muestras de pinturas, presentación de libros, exposición de fotos, toque especial en la escalinata del Palacio Legislativo con los mejores tres tambores de cada comparsa, desfile de llamadas alrededor del Palacio Legislativo y un espectáculo artístico musical para cerrar con la presencia de Ruben Rada y Eduardo Da Luz, entre otros. Se hará un acto central con palabras de miembros del Poder Ejecutivo y del Poder Legislativo.”...

...la idea del Diputado Edgardo Ortuño (impulsor del proyecto), en línea con la cercanía que debe existir entre nuestro pueblo y nuestros gobernantes, es invitarlos a participar de esta primera conmemoración de la forma en que ustedes lo crean más conveniente. También les pedimos que hagan extensiva la invitación a todas las personas que ustedes consideren pertinente que participen en un festejo histórico.”...

El 3 de diciembre

“...elegimos para todo ello, y para este homenaje al candombe, la fecha del 3 de diciembre, en conmemoración a un hecho de particular importancia y simbolismo. El 3 de diciembre de 1978 sonaron especialmente los tambores en «llamada» por última vez en el «Medio Mundo», uno de los «templos» fundamentales del candombe. Ese día tuvo lugar esta manifestación y «llamada» en defensa de aquel legendario conventillo, condenado a la demolición por la dictadura militar que dispuso el desalojo forzado de sus habitantes, al igual que en el hermano conventillo de «Ansina»un mes después. Lo sucedido aquel día fue un acto espontáneo con mucho de homenaje de despedida a una de las cunas inspiradoras del candombe, de compromiso con su legado, y también con mucho de rechazo y resistencia a una arbitrariedad cargada del racismo de quienes sostenían que «los negros» y sus tambores empobrecían la ciudad, y «no podían vivir en el centro de Montevideo perjudicando su particular atractivo turístico e inmobiliario».

Se extinguió así una de las cunas nutrientes del candombe, y se procesó la expulsión

de muchos uruguayos y uruguayas afrodescendientes de los barrios Sur y Palermo

donde la comunidad negra estaba tradicionalmente afincada en gran medida. Fueron

dispersados por diversos barrios, en especial en la periferia de la ciudad de Montevideo, radicados en establecimientos recordados como los de Martínez Reina y tantos otros, a donde fueron conducidos llevando consigo su cultura y tambores, difundidos más aún desde entonces, hacia la ciudad y todo el país, en un largo proceso que aún continúa.

Los desalojos de los conventillos de los «barrios negros» y la destrucción de las edificaciones que impidieron el retorno de su gente a sus lugares de origen, fue una clara violación de los derechos humanos perpetrada por la dictadura, que debe incorporarse a la memoria colectiva con el destaque que merece como crimen de lesa humanidad, en tanto traslado forzoso de población, escasamente conocido y denunciado como tal, que afectó fundamentalmente a los afrodescendientes.

Aquel 3 de diciembre aparece en el contexto histórico como un hecho que evoca la importancia, presencia, difusión del candombe, el protagonismo ancestral del tambor en los momentos que importan a su gente, y su profundo contenido social de resistencia, mecanismo de defensa, afirmación y construcción comunitaria.

Respuesta ante una expresión de racismo. Símbolo de dignidad ante la adversidad

de los afrouruguayos. Triunfo de un pueblo y su cultura sobre la intolerancia y la barbarie de aquellos que intentaron sin éxito despojarlos y hacerlos desaparecer, sin valorar su patrimonio...”

Edgardo Ortuño Silva

Representante por Montevideo

Montevideo, octubre de 2006.

domingo, 19 de agosto de 2007

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El 19 de agosto pasado, Martha Gularte, a los 83 años, fue encontrada muerta en su tradicional casona de Montevideo. Sin su presencia viva, aunque con la del legado de su radiante carácter, el carnaval uruguayo deberá acostumbrarse a su alejamiento definitivo después de medio siglo de asistencia perfecta. Pero las llamadas y las comparsas quebrarán anualmente la monotonía insoportable del olvido y rendirán su homenaje sin tregua a la primera vedette, símbolo del linaje popular.


Buenos Aires, 31 de agosto de 2002

MIGUEL UNAMUNO

Académico de Número

jueves, 26 de julio de 2007

CURRÍCULUM

Mi nombre es Ruben Galusso, nacido en 1945 en la República Oriental del Uruguay, y radicado en Argentina desde 1976.
Ya joven comienzo con la fotografía, asisto al Fotoclub Uruguayo, e integro el grupo fotográfico “ALPHA”.
Radicado en Buenos Aires, incursiono en el dibujo, practico algo de historietas, dibujo profesionalmente humor gráfico, y posteriormente asisto a talleres de plástica, y grabado.
Es en el año 1987 que siendo expositor en la 1° Bienal Internacional de Humor Gráfico y Caricatura, integrando un panel de dibujantes Uruguayos, descubro la necesidad de mostrar de ahí en más, obras que representen mi nacionalidad.
Así decido pintar e investigar lo más a fondo posible, el fenómeno cultural que me había rodeado en forma permanente durante mis años Montevideanos; el candombe y las murgas, fenómenos culturales de gran raigambre en mi pueblo Oriental.
Desde entonces estoy dedicado de lleno a la temática negra y a investigar toda la historia del negro en América del Sur y su cultura.
He realizado muchas muestras de pintura en diferentes lugares de Buenos Aires, algunas son:
Casa de la Cultura de Lanús
Galería Abierta Plaza Dorrego, (San Telmo)
Segunda Convocatoria del Candombe, (centro Cultural San Martín)
Primer y Segundo Congreso Internacional de Culturas Afro Americanas
(hotel Panamericano, Bs. Aires, 1993) y (Centro Cultural Recoleta 1995,
Instituto de Investigación y Difusión de las Culturas Negras Ile Ase Osun Doyo).
Muestra individual en la Alianza Francesa (suc. Flores) 1998
Jornadas Afroamericanas, Manzana de las Luces, Octubre 2005.
Museo José Hernández, Diciembre 2005
Arte Africano “Presencia,Tensión y Continuidad en las dos márgenes de
Atlántico” (Setiembre 2006)
Con la idea de llevar mi arte al público, comencé con las “muestras espectáculos”, eran muestras que se realizaban durante espectáculos de “Canto Popular uruguayo, en Bs. Aires, algunos de ellos:
“Martes de Tango y Candombe”, (teatro Alvear),
“Candombe Negro”, (anfiteatro de la Embajada del Uruguay)
Stand Uruguayo en la “Feria de las Colectividades”( Parque Centenario).
Acompañando el recital de José Carbajal “El Sabalero
Acompañando a la murga “Falta y Resto” y ”Coco Romero”, y en espectáculos de Larbanois-Carrero, Pablo Estramín, y “Canario Luna, Cuarteto de Guitarras Alfredo Zitarrosa”.
Además soy colaborador del programa de radio “Por el mismo Camino” que se emite todos los Sábados de 9 a 12 am. Por “FM La Tribu”.
Hace algún tiempo comencé a crear con mis imágenes lo que llamé “LA MUESTRA VIRTUAL Y VIAJERA”, esto es una muestra que enviaba a través del correo electrónico, a su domicilio, sin costo alguno, y siempre con la idea de la difusión masiva del arte, este proyecto cumplió 6 años.

Datos personales

Mi foto
ESTO SOY Soy uruguayo, nací en mi querida tierra el 14 de noviembre de 1945 y radicado en Argentina desde 1976. Aquí comencé a dibujar y pintar (o a intentarlo por lo menos) asistiendo a talleres de dibujo con modelo y además con una corta experiencia en grabado (aguafuerte). Después de haber logrado publicar algo en el campo del humor gráfico, me dediqué a investigar sobre la cultura afro-uruguaya y comencé a pintar el tema del candombe. La fotografía la tecnología y el dibujo han sido desde el principio de mi vida las pasiones que no me abandonaron nunca. Esa extraña mezcla permiten que hoy me maneje entre ellas con cierta facilidad, y ahora con mayor tiempo a mi disposición, sigo estudiando, experimentando e intentando crear en forma permanente.